La obra de Valentina Osnovikoff parte de una memoria material. En la casa de su abuela descubrió un conjunto de fotografías Polaroid tomadas como ayuda para pintar flores y motivos botánicos. Aquellas imágenes no solo conservaron un procedimiento; conservaron una forma de mirar.
La secuencia de Polaroids dispuesta sobre la repisa introduce una torsión sobre la idea misma de fotografía instantánea. El instante deja de ser el acontecimiento excepcional capturado por la cámara. Tampoco se busca la fidelidad documental. Las imágenes no son paisajes, retratos ni escenas familiares, aunque por momentos parezcan rozar esos repertorios.
Osnovikoff reconoce en la Polaroid algo más que un procedimiento fotográfico. La cámara acierta y también falla. Las fluctuaciones cromáticas, las pequeñas inestabilidades de la emulsión y las contingencias del revelado dejan de ser accidentes para convertirse en recursos de la mirada. La artista los organiza pacientemente hasta construir, con ellos, la sintaxis de su propio lenguaje.
Texto por Ana María Risco