Tomás Browne nos lleva a la intersección entre el arte visual y la poesía, utilizando
fragmentos de lenguaje escrito —mecanografiados o manuscritos en distintos colores
y, a menudo, en múltiples capas— para crear patrones gráficos que apelan más a
nuestras capacidades visuales que a las lingüísticas.
Pero estas obras también encierran un significado más oscuro. Browne nos permite
asomarnos a la experiencia de quienes intentan descifrar un texto escrito en una
lengua desconocida. Mirar estas obras es como mirar un velo que oculta todo un
mundo tras de sí: un mundo organizado según el esquema conceptual de una lengua.
Quienes comparten una lengua suelen compartir también una manera de ver y
comprender el mundo. Quienes no conocen esa lengua —o ninguna — no pueden
participar en la construcción colectiva de una visión compartida de mundo. Están
rodeados de cosas que parecen transmitir un mensaje, pero no pueden descifrarlo ni
compartirlo con nadie. Las obras de Tomás nos ofrecen la experiencia de quienes no
tienen palabras para describir el mundo al que han sido arrojados, para quienes todo
uso del lenguaje aparece como un velo opaco. Atrapado dentro de ese velo, uno podría
asfixiarse.
Christel Fricke, Berlín, 2026